domingo, 14 de febrero de 2010

Feliz San Valentin

Introducción

Hacía frío. Los charcos en la calle hacían presente el fin del otoño y el comienzo de un invierno que se vaticinaba frío. Noviembre llegaba a su fin. Inés aparcaba con dificultad en un pequeño hueco cercano a la biblioteca de su universidad. Se le hacía tarde. Había quedado con su grupo de estudio a las 12 de la mañana y ya pasaba casi media hora. Tenía hambre. Pero estaba contenta.

Al bajar del coche, el frío se hizo aun más presente, y caminó con decisión hacia el insípido edificio donde había quedado con sus amigos. Mientras andaba, notó una mirada en su nuca. Una presencia al lado suyo. La típica sensación que no se puede explicar por qué se siente, pero existe. Giró levemente la cabeza. Una persona se dirigía en su misma dirección, también con rapidez. Inés aceleró el paso, como si de una carrera para alcanzar el pomo de la puerta se tratase. Poco a poco, sus pasos se hicieron paralelos a los de aquella persona. No se había parado a mirarla, no sabía si era un hombre o una mujer, si era alto o bajo. Lo único que veía Inés de aquel personaje eran sus zapatos. Unas botas robustas y marrones, medio tapadas por unos pantalones vaqueros. Las botas y ella se encontraron en el mismo momento en el que quiso abrir la puerta que la llevaría al estudio de radio donde la esperaba su grupo de grabación. Su mano se adelantó hacia el pomo, junto con las de la persona calzada con botas. Se tocaron y se separaron en un instante que no duró más de un segundo. Entonces, Inés levantó por primera vez la mirada del suelo.

Los charcos en el suelo le recordaban su mala educación. En todas las películas llueve cuando hay que enterrar a alguien. A alguien a quien él apenas había conocido, pero lo suficiente como para acudir a sus sepelios. Unos responsos a los que él se había negado a ir; una decisión que seguía discutiendo a medida que salía del metro y se dirigía, con velocidad y decisión, al edificio de gestión. Se sentía mal, “mosqueado”, como se suele decir. Sin embargo, la alternativa a esa negra ocasión era mucho mejor que ver a un grupo de gente llorando; debía acudir al estudio de radio para – paradójicamente- pedir un equipo de grabación con el que sus amigos y él terminarían de rodar unas imágenes. Sus pensamientos le abarcaban por completo. Sin embargo, una mancha verde le despistó. Una mancha verde que resultó ser un abrigo. Un abrigo que tapaba a una chica que se dirigía, también con igual velocidad, a la puerta del estudio de radio. Diego esperó que la chica cambiase de dirección, pero en vez de eso, el abrigo verde empezó a caminar paralelo a él. Diego empezó a sentirse violento. Estaban caminando muy juntos. Cuando se pararon, ambos intentaron alcanzar la puerta con sus manos. Diego se sentía incómodo. Pero giró la cabeza para ver, más por cortesía que por curiosidad, a su competidora. Entonces, la chica del abrigo verde se le quedó mirando. Diego no lo tuvo en cuenta, y aprovechó la ocasión para abrir la puerta del estudio y, con un ademán, dejar entrar a aquella muchacha.

El chico era rubio. Con el pelo largo. Unas gafas tapaban unos increíbles ojos azules. Una barba bien recortada le recorría la línea de la mandíbula. Era alto. Muy alto. En el cerebro de Inés tuvo lugar una especie de cataclismo. De pronto, unas frases estúpidas escritas en su diario hace un par de meses empezaron a repicar, como una campana, en su mente. Esas frases, unidas a otras de mayor coherencia, cuando el chico de botas marrones le abrió la puerta.

Dale las gracias, no seas maleducada.

Su cara se tornó roja, y entró por el quicio de la puerta sin mencionar palabra. Unas escaleras la esperaban. Detrás de ella, el chico seguía su mismo camino.

Dile algo, dile “hola”.

Su cara se puso aun más roja.

Diego la seguía, más incómodo que antes.

Al menos podría haberme dado las gracias.

Su mirada se poso en la nuca de la muchacha. Además del abrigo, una horterísima bufanda rosa la cubría. Debía de ser muy friolera para llevar tanta ropa encima. De pronto, la cabeza se giró en su dirección, le echo una ojeada y volvió a su dirección normal. Diego se impacientó.

¿Tan feo soy que no me dice ni hola?

Inés volteó su cabeza rápidamente, al darse cuenta de que el muchacho de botas marrones la había visto girarse. Definitivamente el color rojo había ocupado toda su cara, y le ardían las orejas. A ella, que siempre se la había tachado de sinvergüenza, la vergüenza la había hecho presa. Pero…

Es que es tan guapo…

Por fin, la escalera terminó e Inés se escondió en el primer estudio de radio que vio abierto, donde, por suerte, se encontraban sus amigas, aun probando la música que habrían de elegir para grabar el magazine. Antes de decir nada, se giró para volver a ver a aquel muchacho tan guapo, que se adelantó por el pasillo en dirección al estudio de televisión. Ángela fue la primera en saludarla, con una revelación que se le presentó como trascendental en aquel momento.

- ­¿Sabes que están Chala y sus amigos en el estudio de televisión? Yo le he saludado antes.

Inés abrió mucho los ojos. Esta vez no dejaría escapar la oportunidad. Se adecentó el pelo, se atusó la ropa, y salió sin mediar palabra.

Diego tiró su mochila en el suelo del pasillo de cualquier manera. Sus compañeros llevaban ya un tiempo esperando a que les dejasen el material, y todavía no obtenían respuesta.

- Ya he colgado el corto en el YouTube.- Dijo Chala, con desgana, tirado en una silla en mitad del pasillo.

De pronto, los ojos de su amigo se despegaron de los suyos para dirigirse a algo detrás de él.

Inés flanqueó al muchacho rubio para acercarse a Chala. Le costó reconocerlo en persona, a pesar de tenerle agregado a todas las redes sociales imaginables. Mientras pasaba, se fijó en la espalda del muchacho de botas marrones. Estaba cubierta por una cazadora gris, pero aun así, era perfecta. Las hormonas le jugaban malas pasadas. Chala la miraba acercarse con una expresión interrogante. Era obvio que él tampoco la reconocía.

- Ey, he visto tu corto. Me ha gustado mucho.- Le dijo, con la mayor de sus sonrisas.

Chala sonrió, azorado, y señaló al joven rubio de chaqueta gris y botas marrones.

- El director es él.- Aclaró.

La chica de abrigo verde, que ya no llevaba el abrigo verde, y malos modales, se giró y le miró.

- Me ha gustado mucho tu corto.

Le dijo, mirándole a los ojos. En los oídos de Diego, esas palabras sonaron a gloria.

Inés se quedó mirándole.

Dile algo más, vamos.

Pero esos ojos azules…

Diego la miró. No supo decidir si era guapa o no. Pelo corto y castaño, camiseta negra y vaqueros normales. Le gustó su estilo.

Dila algo, vamos.

- Gracias.

Dijo, olvidándose de sonreír.

Inés volvió al estudio de radio. Miro a sus compañeras. Todavía sonreía, como una tonta. Pulsó el play de la mesa de mandos. Y en todo el estudio de radio comenzó a sonar, a todo volumen, a todo el mundo…

Love is our resistance…

- ¡Baja eso, que nos van a decir algo!

Gritó Ángela.

Eso es, que nos digan algo…

Fuera del estudio, Chala, Diego y los demás se contoneaban con la música de Muse.

En ese momento comenzó La Increíble Historia del Chico del Estudio de Radio.

Te quiero, Dire.

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