“Life´s too short”
Elena dudó ante el teclado. La musiquita estresante del tuenti, indicándole que tenía un nuevo mensaje en el chat, no paraba de repetirse, “tutu, tutu”. En la pantalla, un sugerente “eich” la invitaba a hablar, pero, ¿cómo?, ¿qué debía decir? De nuevo, otro mensaje iluminó la pantalla “¿qué tal?”.
Daniel no recordó gran cosa de esa primera conversación, no sabía por qué, pero estaba nervioso. En cada frase, en cada palabra, buscaba alguna señal que le aclarase si aquello era real o tan solo una broma más de sus amigos. Porque, ¿cómo podía una chica guapa y lista interesarse por él, hablar con él? Bueno, quizás estaba exagerando, solo le estaba hablando por el chat, había empezado él la conversación, y tampoco es que ésta estuviera dando mucho de sí. Claro, seguramente la chica tendría novio o algo así y solo querría hacer amigos y preguntarle por los apuntes del año pasado… seguramente.
De repente, la pantalla volvió a parpadear.
“Oye, ¿y si hablamos por mesenger? Es que sin mis emoticonos no soy nada…”
Esa frase le cogió por sorpresa.
“Esa frase es mía”, respondió.
Elena sonrió. No era mal comienzo que ambos compartiesen frases en común. Justo entonces, recuerda, se le cayó internet. No pudo agregar a Daniel al mesenger hasta media hora después, que se le hizo eterna. Además, su madre le avisaba de que quedaba poco para cenar. Pero lo consiguió. Su corazón se aceleraba a medida que la conversación avanzaba. Tenía ganas de levantarse de la silla y empezar a pegar saltos de alegría por toda la casa. Lo hizo, de una forma más sutil, al levantarse a beber agua; entonces su madre le preguntó por enésima vez qué la pasaba, al verla con esa sonrisa de tonta en los labios.
El tiempo se pasó volando. No importaba demasiado qué fuera de aquello de lo que estuvieran hablando, solo eran las típicas conversaciones de aquellos que empiezan a conocerse: qué tenían en común, la universidad, los estudios, las aficiones… Elena se reía de todo lo que Daniel decía, y éste sacaba todo su arsenal de chistes y gracietas para que esa risa siguiese contagiándola. El momento en el que tuvieron que apagar el ordenador para irse a cenar fue acogido con pena. Si hubiera sido por Dani, se habría pasado delante del ordenador toda la noche, pero sus abuelos estaban en casa. Elena, por otra parte, no dejó de sonreír de esa forma suya tan tonta durante toda la velada. Su madre también se reía al verla, tan feliz. Todo por una simple conversación. Elena estaba deseando que llegase la siguiente, e incluso lamentaba que las vacaciones de Navidad hubieran llegado tan pronto, pues de lo contrario hubiera tenido la oportunidad de ver a Dani en la cafetería, como de casualidad.
Dani no paraba de preguntarse si sería demasiado precipitado dar el primer paso y “pedirla salir” algún día para ir al cine, que tanto parecía gustarle, como a él, o a cenar. Ella, sin embargo, fue más rápida, aunque en un mal momento.
Al día siguiente, Elena quedó con algunos compañeros suyos de la Universidad en la cafetería, pensando que, por aquellas fechas, continuaría abierta. Se equivocó. Lo más cómico de todo fue la decisión de comentárselo a Dani en una de sus interminables y cómicas conversaciones. Él no aceptó, pero tampoco denegó la invitación. Por un lado tenía ganas de quedar con ella, pero por otro, no le hacía gracia dejar a sus abuelos en casa, y menos para “tomar unas cañas” en la Universidad. Una parte de su mente tenía miedo de que aquella muchacha, tan aparentemente perfecta para él, fuese una de esas chicas fiesteras y borrachuzas que él tanto detestaba. Ella, por su parte, no conocía ninguno de estos pensamientos, y al llegar a la Universidad y ver cerrada su cafetería, le entró el pánico. Qué pensaría Daniel de ella si aparecía por allí y no estaba. Rápidamente se reunió con sus compañeros en otro bar, sacó su portátil y, conectándose a una red de wifi ilegal y providencial, escribió un mensaje privado a Dani que, por casualidad, también estaba conectado al mesenger. Instintivamente, se puso a hablar con él, a pesar de estar rodeada de gente. Como siempre, también empezó a reírse. Aquel muchacho parecía tener el don de hacerla reír siempre que quisiera. Las chicas de la reunión cotilleaban su conversación y le preguntaban por él. Elena, sonrojada, les empezó a enseñar las fotos que más le gustaban de aquel chico. En una salía con una pelota de baloncesto, en otra vestida de traje, en otra…
- Pues yo no le veo tan guapo. – Dijo una de sus colegas.
Elena sonrió. Le daba igual. Nadie podría convencerla de que aquellos ojos tan azules no eran los más hermosos que había visto en su vida. Aunque, en realidad, aun no los hubiera visto más que a través de una pantalla de ordenador y durante unos segundos en un estudio de radio.
Al llegar la noche siguiente, Daniel seguía allí. Realmente la estaba esperando, deseando que se conectara para llevar a cabo aquello que había estado pensando durante toda la tarde. Nada más terminar con los saludos iniciales, llenos de referencias a la Nochebuena que acababan de vivir, él cantando villancicos y ella enfadada, Daniel tomó la palabra:
- Bueno, pues ahora me lo vas a contar todo; que aun no me puedo creer que haya aparecido una chica tan genial de esta forma.
Elena rió frente a la pantalla. Había dicho que ella era genial. Aceptó la propuesta, por supuesto; pero con una condición: que todas las preguntas que Dani le hiciera, tuviera que responderlas también él y, que de forma alternativa, ella también pudiera preguntarle a él todo lo que se le ocurriera.
Las dudas del chico eran de lo más inesperadas. Que cuál era su color preferido, o su comida predilecta, o cuál su película preferida. Las de Elena también iban por los mismos derroteros. Incluso empezaron un largo debate – aún inconcluso, según tengo entendido- , acerca de cuál película era mejor, si Enemigo a las Puertas, o Salvar al Soldado Ryan. Entre unas cosas y otras, la conversación fue tomando un cariz más especial. Elena, como siempre, se le adelantó y dio el primer paso al preguntarle al muchacho si tenía novia. Cuando él aseguró que no, el corazón de la chica, inesperadamente, dio un vuelco. Si bien era cierto que Daniel le gustaba, tampoco había tenido la intención, al hablar con él, de comenzar alguna relación más allá de la amistad. Sin embargo, saber que él no estaba comprometido con nadie, hacía que en su cabeza se diesen forma mil películas, sueños e ilusiones que con gran dificultad podía contener.
Todo aquello parecía preparado por el mejor guionista de Hollywood: las aficiones de ambos muchachos eran prácticamente las mismas; a Daniel le gustaba el arte, el cine, la literatura, y salir de viaje. A Elena le gustaba pintar y escribir. Eran complementarios hasta unos extremos insospechados. En la mente de ambos tomaba forma un escepticismo calculador, que les hacía dudar de la veracidad de todo este cuento de hadas. Cómo podía ser que Daniel fuese todo lo que Elena hubiera soñado. Cómo podía ser que Elena fuese la chica de los sueños de Daniel.
- No puede ser tan bueno, algo tiene que fallar.- Decía Dani a menudo.
La noche se les echó encima con demasiada rapidez. Aquel muchacho rubio tenía que dejar despejada la habitación de su hermano, desde donde había estado conectado. La muchacha, sin embargo, no le dejó marchar sin hacerle prometer que se verían pronto. Quedaron para el lunes siguiente.
- Life´s too short, ¿no?- Comentó Dani, haciendo alusión al nik del mesenger de la chica.
Elena, al meterse en la cama, se sentía como en una nube. Solo habían pasado una semana desde que empezó a chatear con su compañero de carrera, y aun así la confianza que tenía con él parecía ser la de dos viejos amigos que se conocen desde la infancia. Sentía que podía confiar en él para todo, y que, por primera vez en mucho tiempo, no quería mentirle ni disimular su forma de ser para caerle mejor o peor. Que podía ser ella misma sin temor a represalias.
El día siguiente fue recibido con regalos y cánticos. Era Navidad. Para Elena, el mejor regalo de todos ya lo había recibido. Era feliz. Lo primero que hizo, nada más conectarse a internet, fue enviarle un mensaje privado a Dani:
“Gracias por haber aparecido”, decía.
Dani, por su parte, celebró la noche de Navidad con sus amigos de siempre, pensando en aquella chica que tanto le inquietaba. De pronto, su amiga Cristina se le acercó para charlas con él.
- Bueno, ¿qué tal todo, Warto?- le preguntó, mirándole a los ojos. Dani decidió sincerarse con ella, ya que quizás una mujer podría darle una respuesta más acertada sobre lo que hacer con otra mujer. El chico ya no pretendía engañarse a sí mismo: Elena le gustaba, y soñaba con tener la oportunidad de llegar con ella a algo más que una simple amistad. Después de todo, era lo que siempre le había faltado en su vida y lo que siempre había deseado tener.
- Pues la verdad es que bien, pero estoy un poco liado, no sé qué hacer.- Contestó el muchacho.
- ¿Y eso? ¿Qué te pasa?
- Es que he conocido a una chica de mi universidad y… bueno, pues hemos estado hablando por el mesenger y …- Cristina rió mientras soltaba un gritito de incredulidad,- pues eso, que ella dice de quedar, pero yo no me puedo creer que seamos tan parecidos como parece y que todo vaya tan bien, seguro que tiene que haber algo malo por algún lado y tampoco quiero que me salga mal…
- ¿Y por qué iba a ser así? Pues si la chica te gusta y os lleváis bien, queda con ella, hombre, no puedes dejar pasar esta oportunidad, ¿no?
Dani sonrió. Así lo haría. Aunque, en el fondo, le diese miedo que todo saliera mal.
La mañana siguiente, al despertarse, el chico se encontró con una sorpresa al colocarse enfrente del ordenador. El nik de Elena empezó a parpadear casi en el mismo instante en que Dani encendió el mesenger.
- ¡Oyeeee! Que al final no puedo quedar el lunes, me voy con mis padres a Cuenca dos días, de mini-vacaciones de Navidad…
Dani tragó. Aquel era el momento de pedirle salir. Aquella misma tarde.
Venga, vamos, díselo… toma tú la iniciativa por una vez, Wart…Elena se encogía poco a poco enfrente de la pantalla. Si Daniel no aprovechaba aquella ocasión para pedirle una cita, ella no movería un dedo. Aunque esos mismos dedos se movieran ahora nerviosos encima del teclado, deseando formar las palabras que a aquel chico parecían tan difíciles formar. El sonido del mesenger la tomó por sorpresa, y dio un respingo en su asiento.
- Pues… si quieres quedamos antes… el domingo yo no puedo, pero esta tarde sí, si quieres…
- ¡Vale!
Daniel se rió. “Life´s too short”, ¿no?