sábado, 26 de junio de 2010

Capítulo 3

"Maadrecita"

En cuanto Dani se despidió y se vio sola ante el teclado de la habitación, Elena soltó un enorme “upssssssss”. Ni se le había pasado por la cabeza en ese pequeño rato que aquella misma tarde había quedado con su amiga Navas para ver Avatar, en 3D, por supuesto. De forma acelerada, ordenó sus pensamientos. Era perfectamente capaz de hacer las dos cosas a la vez. Ni se le pasaba por la cabeza volver a llamar al ya definitivamente “su enamorado” para romper la cita. Su primera cita. Aquel pensamiento le puso los pelos de gallina y le revolvió el estómago. Había que tranquilizarse. Lo primero de todo, ¿qué se iba a poner? Obviamente no podía ir vestida de la misma forma en la que fuese a ver a Navas… Oh, Navas, se le había vuelto olvidar. Control, control. Rápidamente, cogió el teléfono y esperó a que su amiga contestase. En cinco minutos había adelantado la cita para la hora de comer; así podrían ver la película al mediodía y Elena quedaría libre para estar a las ocho (día D, hora H) en Nuñez de Balboa, con Dani… el estómago volvió a revolverse. Vale, pues a cambiarse de ropa.

Dani se relajó en el asiento. Lo había hecho. Le había pedido salir a Elena. En su mente, empezó a imaginar lo que harían y cómo sería. ¿Llevaría ella las gafas? Él le dijo anoche que le encantaban las chicas con gafas; decía que les daba personalidad. Él se pondría su chaqueta vaquera y la sudadera negra. A lo mejor pasaba frío, pero en ciertos momentos había que sacrificarse. De pronto se dio cuenta de la posición en la que, de un momento para otro, se había colocado. Estaba de pie, en la habitación, temblando ligeramente. No era para menos. Durante mucho tiempo había soñado con encontrar a una chica original, divertida, simpática… una chica para él, con la que poder compartir su vida, sus aficiones… su cariño. Ahora esa mujer parecía haber aparecido y, a pesar de tener todo bien organizado dentro de su cabeza (o quizás no), el pequeño Dani nervioso se revolvía y gritaba de emoción y nervios en su interior. Sería mejor que hiciese sus cosas, como le había dicho a Elena, y así se le pasaría un poco el subidón. Rápidamente, sacudió la cabeza y se sentó enfrente del ordenador. Había decidido comenzar a ver Los Soprano. Seguro que le entretendría algo y le haría dejar de pensar en todas aquellas imágenes que llenaban su cabeza.

Upsssss… volvió a repetir Elena. No tenía coche. No podría ir en coche a la cita con Navas, tendría que pedirle a su padre que las llevase a los dos al Plenilunio. Después tendría que coger un autobús para volver… eso, o pedirle de nuevo a su padre que hiciese de taxi. ¿Cuánto duraba Avatar? Dos horas y media… bueno, qué más da, daría tiempo. Estas cosas siempre salen bien, al final, pensó la muchacha mientras dejaba espacio en el coche para Navas. Llevaba un regalo bien grande para ella, con motivo del amigo invisible que todos los años hacían entre ellas. Elena llevaba otro del brazo. Lo lógico hubiera sido abrir el regalo en el coche y dejarlo allí; en lugar de eso, la mente de Elena comenzó a maquinar a la vez que su boca formaba palabras que nadie en su lugar habría pronunciado con su padre tan cerca. Todo su monólogo se refirió al muchacho al que hacía tan poco había conocido. María Navas escuchó, como siempre hacía, muy atenta. No dijo nada, pero su rostro reflejaba que seguía pensando en lo loca que estaba su amiga. Ella también estaba nerviosa. Al parecer, había retrasado la cita con el hombre de sus sueños por ir a ver aquella película con Elena. Justamente igual que le había pasado a aquélla.

Dani terminó los tres primeros capítulos de la serie de televisión. Le dolían un poco los ojos. No podía seguir haciendo eso, obviamente. Miró la hora. Aún quedaban muchas para su cita. No sabía qué hacer. Bajó al salón, y pululó por la casa, para llegar, como siempre, a la cocina. Bueno, haría él la comida. Seguro que eso también le distraería un rato.

Llegaron al Plenilunio más pronto de lo que habían pensado. Todo estaba lleno de gente, como correspondía a un buen domingo 26 de diciembre. Las mujeres abarrotaban las tiendas de ropa, en las que Navas y Elena entraron para entretenerse hasta que llegase la hora de comer. En una de ellas, Elena vio una camiseta de Elmo. Entonces, recordó el emoticono que Dani le había puesto alguna vez, uno de Elmo bailando por la pantalla. A punto estuvo de hacerse con aquella prenda para regalársela a él. Sin embargo, una breve nota de sentido común le dijo que, pese a todas las ganas que ella tuviera, Dani y él no eran (todavía) nada más que amigos, y los amigos no se regalan camisetas de Elmo en la primera ocasión en la que se ven. Elena suspiró. La impaciencia la estaba comiendo el estómago y la cabeza. Y aun no había decidido qué ponerse para acudir a su cita. Con la cabeza en otra parte, opinó acerca del vestido que Navas se había probado hacía unos momentos. Tan malo debió ser su comentario, que María lo dejó en un rincón de la tienda, convencida de que no le debía quedar muy bien cuando su amiga lo miraba de forma tan extraña.

Dani contaba las horas que faltaban para salir. Ya había decidido llevar el coche hasta Conde de Casal e ir desde allí en Metro. Después de todo, era invierno y, quién sabe, si se hacía demasiado tarde, podría proponerle a Elena llevarla a casa en su coche. Eso seguro que le hacía ganar puntos. Mientras hacía la comida, su mente se llenaba de imaginaciones, cosas que podría decir, temas de los que hablar… y situaciones en las que le encantaría estar en ese momento. Las manos le temblaban.

La comida se le hizo pesada a Elena; la película se le hizo eterna y, al salir, mientras fingía pilotar un pájaro volador y saltar entre los árboles, la muchacha se dio cuenta de que jamás llegaría a las ocho a ver a Dani. Eran casi las siete, el autobús había desaparecido y su padre llegaba tarde. Mientras le esperaban, Navas y ella se congelaban cantando las típicas canciones de Disney. Ya dentro del coche, que pareció tardar siglos en llegar, Elena decidió ser coherente, mal que le pesara, sacar su móvil y escribir el primer mensaje que habría de mandar a Dani…

El móvil vibró en el bolsillo del muchacho. Estaba terminando de vestirse, a punto de salir de casa, con los nervios de punta. Al leer el nombre de Elena en la bandeja de entrada su corazón dio un vuelco. Cuando una chica te manda un mensaje justo antes de una cita, es porque no va a ir. Lentamente, abrió del todo el móvil y leyó el contenido, esperando lo peor. Al terminar, una sonrisa se escapó de sus labios.

“Llego tarde, ¿podría ser a y media? Es que no sabía qué ponerme… besos”.

No tardó nada en redactar su respuesta, la cual, también, provocó una carcajada de la chica:

“Maaadrecita”, rezaba únicamente el mensaje. Elena dedujo que se había dado por enterado y le parecía bien.

Dani se sentó en el sillón de su casa y esperó. No se le ocurría nada mejor que hacer.

Elena pasó como un huracán por su casa. Se puso la misma ropa con la que conoció a Dani aquel lejano día en el estudio de radio, ya que él le había dicho que le pareció que tenía “mucho estilo”. Se maquilló los ojos con sombra de ojos oscura, como la que Dani había dicho que le gustaba tanto, y colocó un pequeño colgante en su cuello, uno de esos que el muchacho adoraba en las mujeres. Hubiera querido hacer algo con su pelo, pero no daba tiempo. Cogió su pequeño bolso de tela y salió disparada hacia el metro de la Alameda. Afortunadamente, para entonces su coche había vuelto a aparecer y podría ir con él hasta allí.

Dani volvió, por enésima vez, a mirar la hora. Le daba igual si llegaba pronto, había decidido salir. Además, no estaría mal ponerle gasolina al coche, sobre todo si se cumplían sus ensoñaciones, en las que él aparecía como caballero andante de la joven muchacha y la llevaba en su corcel plateado hasta su palacio. O algo así. Cuando vio la gasolinera, casi se dio una palmadita en la espalda por haber sido tan listo. Estaba llena de gente, y tendría que esperar una larga cola hasta poder llenar el depósito. Había sido buena idea salir pronto. Para colmo, se encontró con dos antiguos compañeros de colegio. Los dos con los que peor se había llevado siempre, sentados cada uno en sendos audis impolutos. Ellos le miraron, sin saludar. Él hizo lo propio. Mientras ponía gasolina, intentó dejar de lado ese momento tan incómodo y concentrarse en la cita de aquella noche. No le resultó difícil. Cuando volvió a iniciar el camino, no había pasado tanto tiempo como él hubiera querido. Seguía llegando pronto.

Elena intentaba cronometrar lo que tardaban los vagones de metro en parar, dejar entrar y salir al personal, y volver a avanzar. ¿Era cosa suya, o aquella noche los trenes iban más lentos aun de lo normal? En su pequeño Ipod sonaba Extremoduro. A Dani no le gustaba nada ese grupo. Intentó encontrar uno que a él sí le llamase la atención, por eso del romanticismo y esas cosas, pensó. Pronto, los acordes de Rammstein llenaron sus oídos. Era la canción de Pussy, y la chica sonrió, recordando aquella conversación en la que ella y Dani habían decidido quedar por primera vez. Por fin, el vagón llegó a Nuñez de Balboa. Eran las ocho y media. Mientras el tren se acercaba al andén, Elena retocó su pelo, su ropa, se quitó el abrigo a pesar del frío, para estar más guapa, y se puso las gafas. Él había dicho que le gustaban las chicas con gafas. Respiró hondo.

Dani llegó a Nuñez de Balboa a la hora. Pensó que todavía le quedarían horas para esperar, pero no fue así. Estaba de pie, apoyado en la pared del andén, cuando un nuevo tren fue a parar. De forma automática, intentó adivinar el rostro de Elena entre los cristales del metro. No vio nada. Las puertas se abrieron.

Elena trataba de descubrir la cara de Dani entre toda aquella marea humana que ocupaba el andén del metro. No era fácil, pues había ido a colocarse en el último vagón del metro. Sin embargo, un cabello rubio y largo la distrajo. Era él, estaba segura. Hacia la mitad del andén, Dani la esperaba. Las puertas se abrieron. Elena cogió una gran bocanada de aire. Salió.

Dani miró hacia ambos lados. No vio a nadie. Había demasiada gente saliendo de aquellos vagones como para descubrir un rostro, unas facciones concretas. Cuando volvió a girar la cabeza, la vio.

Era él. Era el muchacho rubio del estudio de radio. Casi tal cual como le vio la primera vez, con una sudadera negra y sus pantalones anchos. Era más guapo de lo que recordaba, más guapo de lo que mostraban las fotos. Y la estaba mirando.

Era pequeñita, morenita, y con gafas. Caminaba hacia él con tranquilidad y una sonrisa en los labios. No sabía por qué, pero en aquel mismo momento le dieron ganas de coger las manos de Elena, besarla, abrazarla. No sabía por qué, pero en ese mismo momento se enamoró. Ya nada podría separarla de ella. Cuando estuvo a su altura, en lugar de todo aquello, levantó un dedo y señaló al vagón.

Elena le vio, y entró al vagón por una puerta distinta a la de él. ¿Qué le podía decir? Tenía ganas de besarle a pesar de no haber intercambiado palabra. ¿Qué le diría él?

Dani no sabía qué decir. Decidió concentrarse en encontrar un lugar del vagón en el que ambos estuvieran cómodos. Entonces, la miró. No dijo nada. Maldita sea, no le salía nada.

Elena le miró. Como deseaba tener esos ojos azules a su lado siempre.

Ambos sonrieron, nerviosos.

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