Te fuiste al mediodía, hacia los Castellones, como tú los llamas. A las cínco de la tarde me díste un toque para que supiera que habías llegado bien. En aquel momento no lo escuché. Había quedado con una vieja amiga de parbulitos, a la que hacía más de un año que no veía. Se llama Elena, como yo, y de pequeña ambas firmábamos como Elena R. para confundir a la profesora. Cuando nos vimos, fue divertido ver cómo nos afectaba a cada una la alergia: ella llevaba gafas de sol porque le lloraban los ojos, y yo iba amarrada a un clinex que no paraba de llevarme a la nariz. Nos pasamos la tarde haciendo las típicas "cosas de chicas": ver tiendas de ropa, comprar ropa (yo no, ella), libros y películas en la Fnac (aunque tampoco encontré Mi vida sin mi) y bisutería: un anillo de plata con una rosa engarzada y una gargantilla de tela negra. También le enseñé la tienda de peluches "Así"; casi nos da un ataque de locura al ver tantas y tantas caritas afelpaditas que nos pedían que les llevaramos con nosotras. Yo estuve a punto de comprarme un pequeño osito blanco, que me recordaba a ti. Ella no paraba de mirar a una lechuza blanca que nos oteaba desde lo alto. Pero resistimos. Nos tomamos un café en el Starbucks y no paramos de hablar de todo, la universidad, el cine, los chicos (sí, tú)... resulta que ella también anda haciendo cortos, así que hemos decidido colaborar mutuamente en uno. Después cenamos en el Wok de Plaza España. A ambas aquel lugar nos trajo muchos recuerdos, y nos pusimos un poco ñoñas. Sobre todo cuando me llamaste, por la noche, para contarme las novedades del día.
Fue un buen día. Hacía buen tiempo, poca gente, y muchas ganas de pasar un buen rato.
No te eché de menos, aunque te recordé muchísimo. Es extraño cómo asociamos un lugar a una persona, o a una situación. Cómo recordamos frases, palabras, según avanzamos por esas calles en las que tanto hemos vivido. Y de fondo, cómo podemos escuchar e imaginar a una persona a cientos de kilómetros...
Mirando al mar soñé que estabas junto a mi, mirando al mar yo no sé que sentí, que acordándome de ti, lloré...

Espero que lo estés pasando bien por allí, aunque te pases el día leyendo y mirando el mar.
En realidad, he mentido. Echo mucho de menos verte en el mesenger cuando vuelvo de noche a casa. Echo de menos tus besos, tus abrazos, tus caricias. Echo de menos ver tus ojos azules. Pero solo ha pasado un día. Y me lo he pasado muy bien.

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